Pero espera, deja que te cuente una historia porque sinó no vas a entender nada…
8:30 de la mañana. Llego al hotel donde se

celebra el congreso de psiconeuroinmunología; me tomo un café con leche (de 4 € 😱), cojo sitio, y me preparo para ser toda oídos y tomar notas.
El primer ponente empieza fuerte: nos hace conectar con nuestro dolor dándole una forma para que podamos averiguar por qué está ahí, qué nos quiere señalar y así aceptarlo.
El mío aparece como una burbuja de agua que rebota frente a mí, expandiéndose y contrayéndose, hasta que, finalmente, se convierte en mi propia silueta y nos abrazamos.

(Sé que dicho así, suena a frikada, pero créeme, en ese momento tenía todo el sentido del mundo).
Dos ponencias más, un taller sobre movilidad, y el día termina con una ponencia sobre la conexión con nuestro vacío.

Y sí, también lo hacemos con los ojos cerrados. Pero para que veas que no todo fueron ejercicios reflexivos, terminamos con un bailoteo💃

9:30 de la mañana. Llego in extremis al hotel y, esta vez, ni de coña me tomo el café.
Me siento, y me preparo para escuchar a la Dra. Sari Arponen, que nos vuela la cabeza con su conferencia sobre el tiempo (y no, no me refiero al solecito ni a la brisa que se respira fuera)
Sari nos explica cómo en otras culturas, como la china o la maya, miden el tiempo de forma

diferente a nosotros (que nos regimos por el calendario gregoriano), y que el hecho de que para nosotros es el día 16 y es febrero es algo relativo: una especie de alucinación colectiva.
Toca, como no, ejercicio introspectivo y cerrar los ojos. Esta vez se trata de ir al penúltimo día de nuestra vida con la voz de Sari como guía.
«¿Cómo te sientes? ¿Qué haces durante ese día? ¿Estás llena de dolores o en movimiento?»
Ni que decir tiene que en mi visualización estoy disfrutando del sol.

Un sol cálido, con la intensidad del verano, pero la suavidad de septiembre. Me levanto y salgo al jardín para disfrutar, del penúltimo día de mi vida.

Después de esto, pasamos a un taller de baño de sonido. Nos tumbamos en savasana, la postura de

relajación en yoga, y dejamos que los sonidos nos envuelvan.
Hay cuencos de vidrio y otros de bronce, y un tambor de agua que me hace sentir que estoy en el centro de una tormenta rugiente.
Para cerrar el día, una ponente sorpresa (de la que no recuerdo su nombre) nos explica que somos cuerpos vibrantes y que, cuando encontramos

otro cuerpo que vibra en la misma frecuencia que la nuestra, podemos amplificar nuestra energía.

Cómo no, nos hace cerrar los ojos y representar una imagen holográfica que luego debemos integrar en nuestro cuerpo.
¿Y sabes qué? Mi imagen es un fondo marino ondulante que acaba teniendo mi forma para que pueda integrarla bien en mi cuerpo.
Y para no alargarme, aquí termina parte de esta historia: tendrás que esperar al viernes para conocer su final.
Buen inicio de semana, pero antes de nada





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